martes, 2 de abril de 2013
MI Nuevo lugar
No es fácil desensillar en un nuevo lugar de trabajo.
El consultorio puede ser un espacio muy solitario de trabajo. Compartimos horas con los pacientes, pero pocos momentos con otros.
Pero el cambio que hice este año me trajo nuevos aires, nueva gente, nuevos desafíos profesionales.
Ser parte de un equipo de trabajo siempre es enriquecedor, compartir criterios, hacer interconsultas.
En Origen se abordan los problemas de fertilidad con una mirada especial, buscando que quienes se acercan se sientan escuchados y atendidos de manera personalizada, ética y responsable.
Es un placer trabajar así. Y me siento agradecida por ser parte. Por el recibimiento y por el espacio.
Poner en funcionamiento el área de psicología es un desafío que con José Ordoñez (Dtor Médico) llevamos adelante, mirando esencialmente las necesidades de los pacientes. Es un espacio desde el cual acompañar, escuchar y abrir miradas. Intentando que quienes llegarán a un tratamiento de fertilidad, ya sea de baja o alta complejidad, lo hagan con la mejor preparación emocional. Un espacio para pensar decisiones que surgen en el camino. Un espacio que siempre estará abierto para quienes lo necesiten en las diferentes etapas de este camino hacia la mater-paternidad.
Proyectos, caminos, espacios... un lugar y un clima cómodos para trabajar y compartir. (Y Para tomarse unos mates en los recreos del consultorio).
Estoy muy feliz de ser parte de Origen. Y está bueno compartirlo.
lunes, 28 de julio de 2008
Ella. Mi obstetra.

martes, 22 de julio de 2008
Dos mamás

Intentaba por todos los medios no enojarse demasiado.
Así, haciendo esto, Laura llegó a los grupos de preparto.
Su mirada transmitía mensajes con matices diferentes. Cambiaba a cada instante. Pasaba de estados de mucha calma y conexión con el bebé, a estados alterados, con sobresaltos.
Por momentos la habitaba una niña desolada y en otros, el enojo la devoraba, transformando el modo de vincularse con los otros. Era muy chica, con 17 años ya estaba por tener su primer hijo.
Intentaba terminar el secundario.
En sus primeros encuentros, estuvo callada, como cuidando sus palabras. Yo sentía que nos medía de alguna forma. No confiaba en nadie.
De a poco, ganó confianza en el grupo, contaba cositas cotidianas. El esfuerzo de juntar cosas para irse a vivir con su novio. El revuelo que su embarazo había causado entre sus amigas y compañeros del cole. Se animó a meterse en el tema de los miedos que sentía, al parto, a tener un bebito chiquito.
Pero la bomba la tiró un día que estábamos hablando ni más ni menos que de las mamás.
"Yo traté de abortar" dijo de forma firme. Silencio total. Las otras chicas pasmadas, mudas, con los ojos abiertos.
Me acerqué a ella y le dije que si había dicho eso, quizás sentía ganas de compartirlo con nosotras, que lo hiciera si lo necesitaba. "Es que yo no sabía, no pude. Tenía miedo. Le pedí a una prima por teléfono que me dijera qué tomar, pero me salió mal. Ahora me siento culpable". Comenzamos a desglosar el miedo. El grupo colaboró desde un lugar de escucha y empatía increíbles. Y en su relato apareció una mamá biológica que apenas ella nació, la abandonó en el hospital. Y una mamá adoptiva, empleada del lugar, que la había golpeado toda su infancia y parte de la adolescencia.
Laura no entendía por qué tanto abandono, tanto ensañamiento con ella.
Tenía un miedo aterrador de que la maternidad se tratara solo de eso, de abandonos y agresiones, y ella no soportaba la mas pequeña posibilidad de hacerle semejante cosa a su hijo. Fue desde ahí que comenzamos un camino diferente. Desde el punto en que para ella el código del abandono y la violencia no era una senda a transitar. Trabajamos mucho, la culpa fue cediendo y Laura fue rearmando su historia desenterrando de tanto dolor algunos vínculos mas amorosos.
La historia de Laura me hizo pensar mucho en estas formas raras de maternar. En cómo la maternidad no siempre se trata de amores, encuentros y sostenes.
jueves, 10 de julio de 2008
Dolores que pasan

Sé que sentiste que nada podría consolarte. Que la naturaleza no estaba siendo muy generosa con vos. Era casi incomprensible que tu propio cuerpo pudiera dañar algo que deseabas tanto, algo tan querido. Y si, es casi incomprensible.
Sentiste vacío.
Sentiste bronca. Tristeza. Te culpaste. Recorriste con tu mente cada cosa que tomaste, comiste, oliste, tocaste. Te enojaste. Mucho. ¡Qué injusticia!. Tres meses de ilusiones devorados en un sólo instante. Tanta preparación, tanto cuidado. ¡Ay, qué ganas de llorar!. Y encima todos te preguntaron qué pasó, si venía todo perfecto. No tenías ganas de explicar, de comer, de salir, de trabajar, de reír. No tenías ganas.
Deseabas de forma desesperada que el embarazo hubiera seguido adelante, ansiaste más. ¡Qué poco que duró! pero a la vez fue mucho, lo suficiente para imaginarte la panza grande, y el bebé, sobretodo el bebé. ¿Por qué insistían todos en buscar palabras de consuelo que sólo lograban angustiarte y recordarte lo que había pasado?.
Tuvimos una charla por teléfono. Lloramos las dos. Te conté que te entendía, que había pasado por algo parecido. Compartimos esas cosas que se sienten, que se comparten mejor desde la vivencia. Conectarse con el dolor, con la pérdida, es como el primer escalón de la salida.
Los días fueron pasando, y fuiste subiendo mas escalones de a poco. El miedo te tomaba por sorpresa cada vez que la tentación de pensar en otro embarazo se escurría entre tus pensamientos. Calma. Mucha calma. Si no, no ibas a poder. Decisión, deseo inmenso. Tratamiento médico, un poco largo para tu ansiedad. Necesario para prevenir. Y tu marido siempre a tu lado. Por momentos te olvidabas que él también perdió algo. Es que tu cuerpo fue el protagonista de este cuento.
Y un día llegó el permiso que esperaron por largos meses. Otra vez el miedo. ¡Que ilusión!
De nuevo el miedo, pero qué alegría, más miedo, inevitable.
Hoy entre tus brazos duerme tu bebito recién nacido.
¿Viste que un día el dolor iba a pasar?
Llegaste al último escalón. Disfrutalo, descansá, degustá cada segundo de esta inmensidad de ser mamá. Tomá fuerza, que hay mucho más para andar.
Para Carla, con todo mi cariño. Ella sabe.
miércoles, 2 de julio de 2008
¿Y Milagros?

Mónica llegó tarde, cargada de bolsas y con una inmensa panza de ocho meses. Agitada, los ojos entre perdidos, angustiados y en búsqueda de ayuda. El resto de las chicas la miraban acomodar todas las bolsas de ropa de bebé que se le caían. Estaba nerviosa. Había provocado un torbellino en escasos cinco minutos. Cuando logró sentarse en una silla sin soltar del todo las bolsas, pudo decir, respirando de manera entrecortada "me quiero morir, me cambiaron el sexo del bebé".
Mónica fue una mamá muy conectada con el embarazo desde el principio. A pesar de ser de una provincia vecina, tener lejos a su familia y no haber terminado la carrera, ella y su pareja recibieron el embarazo un poco sorprendidos, pero muy felices. Cuando en una ecografía supieron que venía una niñita, le pusieron Milagros. Mónica le hablaba mucho, tocaba la panza casi todo el tiempo, la imaginaba, compraba cositas de nena muy delicadas, suavecitas así como son las cosas de nenas. La nombraba todo el tiempo: "cuando Milagros nazca.... Milagros se mueve como loca....A Milagros le gusta que le canten....." .
Lo cierto es que aquella mañana, la paz que envolvía habitualmente a este binomio Mónica-Milagros, se había esfumado y la angustia podía olerse, sentirse, tocarse.
Cuando Mónica pudo escucharme, sentarse en la colchoneta junto a las otras mamás y respirar mas tranquila, nos fue contando que "era todo un desastre, que muchas cosas las podía cambiar, pero otras no, que el moises era todo rosa y que los chupetes, y que.......". Pará. Le pude decir en un descancito que hizo para tomar aire. "¿Qué te angustia realmente?". "Milagros. Me da pena por ella. Ya no está. Y este bebé que no tiene nombre, que le estuve diciendo Milagros. Pobrecito". Lloró mucho. La acompañamos y la dejamos llorar. Lagrimeaban las otras chicas, y yo la abracé. Fuimos hablando y entendiendo que no importaba si el bebé era Milagros o Facundo, era ese bebé que le despertó sensaciones fuertes, amor.
Mónica fue entendiendo que el bebé no entiende de nombres y de géneros, entiende de sus caricias, sus canciones, su felicidad, el placer de prepararse para recibirlo. La cuchita que fue armando con su pareja para él. Hicimos una despedida de la imágen de Milagros que Mónica había generado para darle paso a la nueva imágen de un hijito varón. Se relajó y casi se duerme entre los almohadones. A las tres semanas nació Facundo, por parto normal. Y la historia continuó.
Cuando esto pasó fue muy fuerte, porque la angustia de Monica era muy grande. Me hizo y me hace pensar mucho en estas imágenes que vamos generando cuando estamos embarazadas, el contacto con el bebé. El lugar que va tomando para nosotras, en la pareja y en la familia. Amarlo, recibirlo, pensarlo, armarle espacio... Eso le hará sentir lo especial de su llegada, la seguridad de estar con nosotras. Es cierto que el hecho que el bebé sea varón o mujer, va a despertar diferentes cuestiones en nosotras en materia de identificaciones, realizaciones, etc. Pero en este caso, el foco estaba puesto en una especie de duelo que Mónica tuvo que realizar del bebé fantaseado, para encontrarse con el real.
Los dos volvieron a trabajar talleres de crianza, y ella recordaba esa mañana con risas, mientras disfrutaba de su bebé.

